Lo que saca a las calles a los ingleses, a los madrileños o a los chilenos son coyunturas y objetivos muy diferentes.
UN FANTASMA recorre el mundo: el de los indignados. Para algunos supone una renovación que insufla nueva vida a las democracias. Para otros, como José María Aznar, no son "más que un movimiento marginal antisistema, vinculado a grupos de extrema izquierda".Uno de los más agudos analistas internacionales, Moisés Naim, confiesa que en realidad nada sabemos de este movimiento, y es verdad, pero algo vamos sabiendo con el pasar de las semanas. En primer lugar, se trata de un fenómeno global muy vinculado a las nuevas tecnologías (internet, Facebook, Twitter, etc.), aunque el paralelismo cronológico de estos sucesos no es nuevo en la historia. Ya Carlos Marx hablaba de ese fantasma que recorría Europa, y sucesos como los de mayo de 1968 se vivieron en ciudades tan lejanas entre sí como París y México… y no había internet.En segundo lugar, rezuma olor y sabor al 68, con todo lo bueno y lo malo que eso lleva añadido. Lo bueno es que moviliza a una población en ocasiones apática. Lo malo es que suele acabar avasallando la institucionalidad (asaltando un Congreso) o invadiendo los espacios públicos, dañando los intereses, igual de dignos, del transeúnte y del comerciante. Además, los indignados aspiran a alcanzar sueños irrealizables, confirmando el temor de Francisco de Goya a que "la razón produzca monstruos".En tercer lugar, es un fenómeno heterogéneo y plural. Es decir, lo que lleva a los jóvenes ingleses a arrasar el centro de Londres, a los madrileños a ocupar la Puerta del Sol y a los chilenos a salir a las calles son coyunturas y objetivos muy diferentes, como diferentes son sus países y la situación económico-social por la que atraviesan. Europa está postrada por la crisis económica y Chile crece a tasas altas. En Europa hay desesperanza y poca confianza en el futuro, y Chile es un país de oportunidades (con dificultades también). Los españoles son hijos de una clase media en decadencia y en dificultades, y los chilenos de una clase media emergente. Eso sí, ambos idolatran al "papá Estado"...
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UN FANTASMA recorre el mundo: el de los indignados. Para algunos supone una renovación que insufla nueva vida a las democracias. Para otros, como José María Aznar, no son "más que un movimiento marginal antisistema, vinculado a grupos de extrema izquierda".
Uno de los más agudos analistas internacionales, Moisés Naim, confiesa que en realidad nada sabemos de este movimiento, y es verdad, pero algo vamos sabiendo con el pasar de las semanas.
En primer lugar, se trata de un fenómeno global muy vinculado a las nuevas tecnologías (internet, Facebook, Twitter, etc.), aunque el paralelismo cronológico de estos sucesos no es nuevo en la historia. Ya Carlos Marx hablaba de ese fantasma que recorría Europa, y sucesos como los de mayo de 1968 se vivieron en ciudades tan lejanas entre sí como París y México… y no había internet.
En segundo lugar, rezuma olor y sabor al 68, con todo lo bueno y lo malo que eso lleva añadido. Lo bueno es que moviliza a una población en ocasiones apática. Lo malo es que suele acabar avasallando la institucionalidad (asaltando un Congreso) o invadiendo los espacios públicos, dañando los intereses, igual de dignos, del transeúnte y del comerciante. Además, los indignados aspiran a alcanzar sueños irrealizables, confirmando el temor de Francisco de Goya a que "la razón produzca monstruos".
En tercer lugar, es un fenómeno heterogéneo y plural. Es decir, lo que lleva a los jóvenes ingleses a arrasar el centro de Londres, a los madrileños a ocupar la Puerta del Sol y a los chilenos a salir a las calles son coyunturas y objetivos muy diferentes, como diferentes son sus países y la situación económico-social por la que atraviesan. Europa está postrada por la crisis económica y Chile crece a tasas altas. En Europa hay desesperanza y poca confianza en el futuro, y Chile es un país de oportunidades (con dificultades también). Los españoles son hijos de una clase media en decadencia y en dificultades, y los chilenos de una clase media emergente. Eso sí, ambos idolatran al "papá Estado"...
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